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Mari Manotas revela, en exclusiva, por qué se separó de Alejandro Riaño

Cambiar de casa, de entorno. Cambiar de estado civil, enfrentarse a un divorcio. Perder por momentos el interés en lo que haces, pero entender que por tus hijos y por ti misma debes mantener el foco. Y cuando todo parece disipado, levantarse, sacar coraje, aferrarse a un sueño, al amor de madre, a una esperanza y empezar de nuevo... La arquitecta e influencer vallecaucana es la protagonista de esta quincena en Revista Aló.

 

Por Sandra Real

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Es la mañana de un jueves frío y lluvioso en Bogotá y me encuentro con Mari Manotas en un café, en el Parque de la 93. Luce una camiseta blanca, jeans holgados y un saquito de lana gris. En su dedo anular ya no lleva su anillo de compromiso ni su argolla de casada que lució durante los últimos cuatro años. Hoy se ve radiante y ligera, luego de un vendaval que pasó por su vida en los dos últimos años y que la sacudió con una fuerza estremecedora. Tras meses en los que los ojos estuvieron sobre ella, en medio de rumores de divorcio, reconoce que por fin tiene la cabeza clara y el alma tranquila, por eso decidió abrirle su corazón a ALÓ.

Quizás en algún momento Mari se planteó la idea de intentarlo una vez más, porque, a decir verdad, se tomó su tiempo, y con un embarazo de mellizos a bordo y tras la pandemia, terminar con su relación de pareja no era una decisión fácil de tomar. Por eso, hizo terapia aun teniendo a los bebés en la panza, y vivió varios momentos, algunos episodios maravillosos, otros muy duros, antes de despachar sus miedos y tomar la decisión de separarse y firmar el divorcio con el comediante Alejandro Riaño, con quien vivió una historia de casi 6 años.

Y, como si fuera poco, retornó a la casa en la que todo empezó, en Cajicá. Esta es la versión de una mujer valiente (una de las muchas que son capaces de cerrar capítulos y empezar de nuevo), por eso su palabra favorita actualmente es “hoy”. En tiempo de lágrimas, de aprendizaje, de retos, de tomar fuerza, de sentirse muy sola y de tocar fondo… El 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, se sinceró con Dios, y luego de ponerse la cruz en la iglesia y “de dejarlo todo en sus manos”, a finales de mes las cosas empezaron a aclararse; ocurrió otra pelea, Mari le pidió a Alejandro Riaño que fueran a terapia, él se negó, ella sugirió separarse y él aceptó…

Las noches de insomnio, los pensamientos negativos, los ruegos por recibir una señal, los miedos, la angustia, todo quedó atrás. Pidió señales y las tuvo todas. Se aferró a Dios y a su amor de madre y hoy se siente fuerte, con la energía vital en alza, vibrando muy alto y disfrutando de esta nueva etapa de la vida como mujer separada, consciente y dispuesta a ser feliz.

¿Junto a Alejandro Riaño viviste una relación de seis años en la que todo pasó muy rápido?

Sí. Nuestra relación surgió hace casi 6 años, el 19 de mayo cumplíamos 6 años de estar juntos. Yo diría que fue amor a primera vista, nos conocimos y, literalmente, a los 8 días yo me vine a vivir con él a Cajicá. Fue un amor loco que yo creo que así como fue de rápido, igualmente se apagó. Nos fuimos a vivir juntos, fueron dos años increíbles, yo decía: “este man es un extraterrestre; no entiendo cómo podemos estar y congeniar tanto y todo ser tan perfecto…”. Pero poco a poco va pasando el tiempo y te vas dando cuenta de que las personas van cambiando. Siento que él también encontró su propósito en la vida con su personaje de Juanpis González y llegó a un momento de éxito y muchas cosas empezaron a cambiar… Empezaron a haber muchos vacíos, muchos silencios, muchos espacios, peleas y viajes… Yo estaba sola.

¿Y no había momentos en los que se reencontraban?

Lo que pasa es que lentamente nos empezamos a separar y cada cual andaba en lo suyo y de repente, cuando nos volteamos a mirar, nos dijimos: “¡Juepucha, no estamos en nada! ¡Nos acostamos a dormir el uno al lado del otro y no estamos aquí!”. Llega la pandemia, que además fue un momento durísimo para nosotros, pues estábamos muy, muy mal, y cuando por fin empezamos a salir del encierro y de pronto se podía reactivar un poco nuestra vida en pareja, en julio quedo embarazada de los mellizos…

¿Pero no se trató de una noticia feliz para ambos?

Pues sí, pero fue como una dosis de picante más al tema porque veníamos muy mal y lastimosamente desde el embarazo de los mellizos empezamos a luchar las cosas y a pelear mucho… No fue nada fácil. Nacen los mellizos y yo me encargo de recuperarme a mí misma como mujer, como profesional y nos desconectamos completamente. Para mí los embarazos son muy fuertes, y pues uno doble es peor, entonces en agosto del año pasado de pronto nos sentamos a hablar y dijimos “¿qué pasa?”. Lo intentamos desde agosto del año pasado, pero definitivamente para febrero de este año las cosas no dieron el resultado que queríamos y por el bien de los dos dijimos: “no más”.

¿Hubo algún punto de quiebre?

Hubo muchos, muchos momentos donde dije “ya no más, ya no aguanto más”, pero cuando uno tiene hijos, cuando está embarazado de dos bebés, como que el panorama cambia mucho y siempre está la ilusión de seguir intentado, de luchar. Había un amor de mucho tiempo y una idea de familia que ambos queríamos intentar salvar, pero en el último momento ya fue como “no, ya, ya lo intentamos y definitivamente hay cosas que no van a cambiar de parte y parte y lo mejor es tomar caminos diferentes”.

¿Te costó tomar la decisión?

Yo creo que antes del momento en el que tomé la decisión no tenía el suficiente amor propio; pensaba en el divorcio, pero me echaba para atrás o veía oportunidades de salvar el matrimonio, pero llegó un punto en el que entendí que nada iba a cambiar de parte de Alejandro y me tocó coger fuerza y recordarme lo berraca y lo buena mamá y la gran mujer que soy y no podía quedarme ahí, no podía seguir con esto porque no me hacía bien a mí ni tampoco les iba a hacer bien a mis hijos, entonces yo creo que sí, el amor propio influyó para tener la valentía, aun teniendo tres hijos, de decir separémonos y seamos felices, cada uno por su camino.

¿Cuáles fueron tus salvavidas en los momentos duros?

Los salvavidas fueron mis hijos y mi profesión; ahí es donde uno ve el resultado y dice “gracias a Dios no abandoné mi carrera”, porque todos los días tengo un propósito por el cual salir de la casa, un equipo que depende de mí, unas personas que esperan que yo dé de mi parte, porque eso es lo que lo mantiene vivo, y ver a mis hijos es la fortaleza más grande que existe. En los momentos más duros durante la relación, como que uno ve a los hijos y dice “¡juepucha, por ellos todo!”. Siempre he pensado que yo quiero ser ese gran ejemplo para ellos, que si ellos ven en mí una mamá fuerte, una mamá que intenta por lo menos no llorar frente a ellos, porque eso les hace daño, pues así es como me van a recordar.

Sé que el apoyo de tu hermano fue esencial en los momentos más duros…

Sí, yo me acuerdo de que en los momentos más duros me iba a escampar a la casa de mi hermano, tanto que cuando supo la decisión, de cierto modo hasta me felicitó por haber tenido la fortaleza de tomar una decisión por el bien mío.

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