Cultura & Opinión

Papá Jaime y su amor por los niños de las alcantarillas

Muchas personas siempre me han preguntado si creo que la presencia de la figura de un padre es importante en la vida de un niño, a lo que siempre les he contestado que un padre, así no sea el padre biológico, puede tener un impacto positivo muy importante en la vida de un niño, siempre y cuando ese padre lo eduque en el amor y no en el miedo. Cuando me voy al pasado encuentro todo lo que hemos vivido con miles de niños en la Fundación Niños de los Andes y miro en retroceso todo lo que ha sucedido y la razón por la cual me llaman Papá Jaime y siento una alegría y una emoción indescriptibles.

Por Sandra Real

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Era la Navidad de 1973. Yo iba caminando por la calle cuando de repente pasó un carro, del cual se cayó la caja de una muñeca. Los limosneros y niños de la calle se dieron cuenta y de inmediato corrieron hacia ella. Una niña, en un arrebato de alegría que contrastaba con su pobreza, levantó la caja. Me estaba mirando, sonriente, y yo le devolví la mirada y la sonrisa. La expresión de su rostro decía claramente: “¡Mire lo que me encontré!” Estaba complacida, radiante. En ese momento, por estar mirándonos, ninguno de los dos se dio cuenta de que una tractomula venía a gran velocidad. El camionero frenó en seco, pero ya era demasiado tarde: el lado derecho del remolque aplastó a la niña contra el pavimento. Cuando mis ojos vieron aquella desgarradora escena, y más aún cuando vi que la caja estaba vacía, entendí cuál era mi misión en este mundo.

Con todo el dolor, la rabia y la impotencia que sentía en aquel momento, conseguí un disfraz de Papá Noel. Compré unos cien regalos que no valían nada —unos cuantos pesos de aquella época— y salí esa noche vestido de Papá Noel a repartir regalos a los niños de la calle y de las alcantarillas. Encontré que cada uno de ellos vivía un infierno rodeado de la más inmensa pobreza y, como si esto fuera poco, muchos tenían terribles defectos físicos que ahondaban aún más su condición de miseria. Al ver que había niños quemados, discapacitados y heridos comencé a llevarlos a los hospitales para que recibieran tratamiento médico, con la idea de darles más tarde los medios para que se convirtieran en personas autosuficientes. De esta manera empecé a repartirles cajas de lustrar zapatos, equipos para limpiar carros, bicicletas viejas... siempre bajo la filosofía: “No hay que darles el pescado, hay que enseñarles a pescar”.

Poco a poco, muchos de estos niños fueron recibiendo cuidados médicos y luego los fui instalando en casas –muy pobres– con mamás supremamente humildes, pero de un corazón inmenso, que los rodeaban del amor que solo una madre sabe dar. Yo les pagaba la pensión para la alimentación y el colegio y para que cuidaran de ellos. Así nacieron, en aquella Navidad de 1973, los hogares sustitutos donde los niños, poco a poco, se fueron educando. Con posterioridad muchos de ellos fueron a trabajar a la industria petrolera, porque al ser ese mi campo de actividad profesional me resultaba relativamente fácil conseguirles empleo en las diferentes áreas de la exploración del petróleo.

Como fruto de este esfuerzo conseguí una casita muy humilde en el barrio La Perseverancia, en Bogotá, donde alojé a 25 niños. Luego nos trasladamos a una casa con mayor capacidad en el barrio San Cristóbal, también en Bogotá. Después de algunos años conseguimos una casa más grande en Cajicá, una población cercana a Bogotá, la cual, lamentablemente, fue arrasada por un incendio al poco tiempo. Simultáneamente fueron surgiendo los núcleos de apoyo en la selva, en diferentes áreas del país. Estos eran grupos de desintoxicación, muchos de los cuales recibieron el apoyo de la industria petrolera.

En la actualidad, la Fundación Niños de los Andes cuenta con varias sedes en Bogotá y una en Manizales.

Desde la época en que conseguimos la primera casa para alojar a los 25 niños, empezamos a desarrollar una serie de programas y técnicas para que ellos pudieran adaptarse mejor a la sociedad. Empezamos a visitar los “parches”, nombre con el que ellos denominan esos nichos donde comparten la miseria, el frío, la humedad, la falta de amor y el rechazo total de la sociedad. En esos parches, llenos de tristeza, tanto espiritual como material, empezamos a repartirles comida. Por lo general les llevábamos un pedazo de pan o aguadepanela, pero aún más importante que esto era aquella mano amiga que se les acercaba, les daba amor y alegría y les mostraba que sí había esperanza para salir de tan agobiante situación.

Puedo ver hoy en día, casi 50 años después, a más de 100.000 niños y niñas que han pasado por la Fundación Niños de los Andes siendo ejemplo de superación y de inspiración para miles de personas alrededor del mundo que aún viven en la oscuridad. Y aunque yo no fui el padre biológico de ninguno de estos niños, el solo haber estado al lado de ellos para ser luz, para inspirarlos, guiarlos, escucharlos y construir sueños logró que sus vidas cambiaran. Es por eso que estoy seguro de que la figura de un padre, así sea un abuelo, un tío o un padre adoptivo, puede cambiar rotundamente la vida de una persona si le brinda amor y comprensión.

En esta nota

  • Columnista Aló
  • Papá Jaime
  • Jaime Jaramillo
  • Niños de los andes

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